Hay cosas que tienen que tardar Andrés Patiño y su Herencia Maldita.
Hay historias que no empiezan cuando uno quiere, sino cuando se le quedan dando vueltas por años.
Esta empieza con una frase.
“Jura usted y empeña su palabra de honor que cuando salga su nombre en el sorteo de rigor acabará con su vida sin pedir prórroga.”
No es una frase cualquiera.
Y tampoco se va fácil.
Durante mucho tiempo, eso fue lo único: una frase suelta, un rumor, algo que aparecía en conversaciones, en libros, en historias a medio contar. Nada del todo claro. Nada del todo comprobado. Pero tampoco fácil de ignorar.
Y ahí es donde aparece Andrés Patiño.
Abogado penalista.
O bueno… eso dice el título.
Porque cuando uno habla con él, la cosa no es tan directa. Terminó Derecho en 2013, litiga, se mueve en ese mundo. Pero no le gusta decir tan fácil que es abogado. Ni mucho menos escritor.
“Hay cosas que tienen que tardar.”
Y ahí ya uno entiende por dónde va.
Antes de escribir, Patiño fue lector. De esos que se meten de lleno.
Kafka. Poe. Dostoyevski.
Después Cortázar, Borges.
Y en algún punto, el golpe: darse cuenta de que en Colombia también había esa oscuridad, esa literatura que no se queda en lo bonito. Andrés Caicedo, por ejemplo. O Mario Mendoza.
Y Stevenson. El de Jekyll y Hyde. El de La isla del tesoro.
Lo que Patiño tal vez no sabía cuando lo leía: en 1882, Stevenson escribió un cuento llamado exactamente así — El club de los suicidas. Algunos investigadores creen que ese texto circuló entre los intelectuales de la Armenia de los años 30. Que pudo haberles dado la idea.
O sea: el mismo autor que formó a Patiño como lector pudo haber puesto en marcha la historia que ahora él convierte en novela.
El círculo es incómodo.

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Y entonces aparece la pregunta.
¿Por qué esa literatura siempre parece venir de las grandes ciudades?
¿Y por qué no desde Armenia?
Porque Armenia —la que se vende— es otra cosa.
Postal. Café. Paisaje.
Pero hay otra versión.
Una que no siempre se cuenta completa.
Hay quienes dicen que en los años 30 y 40 existió algo llamado el Club de los Suicidas.
Hay quienes lo niegan.
Y hay quienes simplemente prefieren no hablar del tema.
Lo que se dice —en voz baja— es que en algunos bares de la ciudad, entre tragos y música, un grupo de hombres hacía un pacto.
El azar decía.
Y cuando salía el nombre… no había vuelta atrás.
Durante años, esa historia se quedó ahí.
Incompleta.
Rota en pedazos.
Hasta que Patiño empezó a escribir.
No un libro. No todavía.
Más bien cosas sueltas. Ideas. Notas. Preguntas que no se iban.
Durante más de una década.
Hasta que todo eso empezó a tomar forma.
Herencia Maldita no nació como un proyecto claro.
Se fue armando.
Como se arman las obsesiones.
Y luego vino la otra parte.
Publicarlo.

Ahí fue donde decidió no meterse por el camino tradicional. Editoriales que pedían casi todo, tiempos largos, condiciones que no cuadraban.
Entonces hizo algo que, siendo sinceros, suena raro.
Sacó una preventa.
Y la gente dudó.
Con razón.
Un man que nadie conoce, vendiendo un libro que todavía no está impreso, cobrando antes de entregarlo… pues no es tan normal.
Le pedían videollamadas.
Querían verle la cara.
Confirmar que no era una estafa.
Y aun así, compraron.
472 personas.
Y eso, en este país, no es menor.
La novela arranca en Cali. Un club de lectura. Un personaje —Martín— que encuentra esa frase. La del juramento.
Y desde ahí, todo se empieza a torcer.
La historia se va hacia Armenia.
Hacia el pasado.
Hacia algo que no termina de estar claro.
Pero lo interesante no es solo el club.
Es todo lo que hay alrededor.
Porque cuando Patiño habla de “herencia maldita”, no está hablando de una sola cosa.
Habla de varias.
De lo que se repite.
De lo que se carga.
De lo que uno ni siquiera sabe que viene de atrás.
Y eso se va revelando poco a poco.
Incluso el inicio del libro —que él mismo dice que puede parecer lento— está hecho así a propósito.
Primero te lleva suave.
Y después gira.
Patiño no está muy interesado en la chapolera ni en la postal bonita.
Eso ya lo ha contado mucha gente.
Lo suyo va por otro lado.
Por lo que incomoda.
Por lo que uno ve en la esquina y no comenta.
Por lo que queda por fuera de la foto.
Y sin embargo, siguesin llamarse escritor.
Tal vez porque para él eso no es un título.
Es algo que todavía se está armando.
En la primera página de su libro hay una frase:
Primero la mente, luego el resto.
Leer. Pensar. Ir más allá.
Hay historias que no desaparecen.
Se quedan dando vueltas.
Cambian de forma.
A veces son rumor.
A veces libro.
Y a veces —como en Armenia—
siguen ahí…

sin que nadie las termine de decir del todo.
Herencia Maldita se consigue en la Librería El Quijote en Armenia o directamente con el autor.
WhatsApp: 313 742 0112 · Instagram: @andrespatino.316 · Precio: $50.000
